Cada 3 de febrero, Paraguay se viste de fe para rendir homenaje a San Blas, santo patrono de la República. En Encarnación, cientos de feligreses acuden al histórico Ykua San Blas y al oratorio del barrio Ciudad Nueva.
- 03/02/2026
- Por Edicion Prensa
La figura de San Blas trasciende fronteras y épocas. Su culto se expandió desde Oriente hacia Occidente, alcanzando gran relevancia durante la Edad Media, al punto de que solo en Roma existían unas 35 iglesias bajo su advocación. Es considerado uno de los catorce santos auxiliadores de la Iglesia Católica y uno de los santos anérgicos para la Iglesia Ortodoxa. Mientras en Occidente su festividad se celebra el 3 de febrero, en Oriente se recuerda el 11 del mismo mes.
En ciudades como Piribebuy e Ita, la fecha se vive con particular intensidad. Las iglesias se colman de promeseros que, vestidos de blanco y con capas rojas, llegan a “pagar promesas” por favores recibidos, especialmente relacionados con la curación de dolencias en la garganta, de la cual San Blas es patrono. Entre las tradiciones más arraigadas se encuentra la “medida de San Blas”, que consiste en pasar una cinta roja por la imagen del santo y utilizarla luego como amuleto alrededor del cuello o del brazo, como símbolo de protección y fe.
San Blas nació a comienzos del siglo III en la ciudad de Sebaste, actual Sivas, en Turquía. Fue médico y más tarde obispo de Armenia, reconocido por sus supuestos milagros de curación. A pesar de su investidura, llevó una vida de ermitaño, residiendo en una cueva del monte Argeus, donde, según relatos, convivía en paz con animales salvajes, a los que bendecía y sanaba.
La tradición cuenta que fue arrestado por orden del gobernador romano Agrícola por negarse a renunciar a su fe cristiana. Sufrió torturas y encarcelamiento, pero continuó bendiciendo y curando a quienes se acercaban a él. Su milagro más recordado ocurrió camino al martirio, cuando salvó a un niño que se estaba ahogando con una espina de pescado, al imponerle las manos y orar por su sanación.
Hasta hoy, ese gesto se mantiene vivo en la memoria colectiva, especialmente en la famosa invocación popular:
“¡San Blas bendito, que se ahoga este angelito!”, una súplica que resume siglos de fe, tradición y esperanza del pueblo paraguayo.