En medio del creciente malestar ciudadano por la falta de resultados y las críticas internas a su equipo, el Presidente mueve piezas clave en el corazón del Ejecutivo, reactiva la jefatura de Gabinete y envía un mensaje directo a sus ministros


La designación de Javier Giménez como jefe del Gabinete Civil reabre una oficina que el propio Presidente dejó vacante tras la salida de Lea Giménez y marca un giro hacia el control político de la gestión, en un clima de críticas internas, desgaste en áreas sensibles y un mensaje explícito a sus ministros: o aceleran, o quedan afuera.

El cambio que Santiago Peña anunció en el Consejo de Ministros no fue un retoque menor: llevó al hasta ayer titular de Industria y Comercio, Javier Giménez, a la jefatura del Gabinete Civil, un puesto clave para coordinar ministerios, secretarías, entes y empresas públicas, y que estuvo sin conducción formal desde la renuncia de Lea Giménez en agosto de 2024. El propio Ejecutivo sostuvo entonces que Peña había optado por no reemplazarla y asumir personalmente esa coordinación; ahora, en el arranque de la segunda mitad del periodo 2023-2028, el Presidente decidió rearmar ese "centro de mando" con un hombre de su primer anillo.

La movida llega con dos señales políticas fuertes: primero, el mensaje hacia adentro de su equipo de que la gestión entra en fase de presión y control; segundo, el reconocimiento —ya verbalizado en ocasiones anteriores— de que la calle y el propio oficialismo reclaman hechos, no relatos. En una rueda de prensa de fines de 2025, Peña fue directo: dijo que no estaba satisfecho, que estaba en condiciones de hacer cambios y que estaba dispuesto; agregó que nadie debe sentirse "intocable" y que exige "mucho más" en una evaluación constante. Con esa frase como antecedente, el nombramiento de Giménez se lee como parte de una reingeniería de mando para vigilar, apurar y corregir. 

El Ejecutivo justificó la decisión con un argumento de coordinación: fortalecer el seguimiento estratégico de políticas públicas, ordenar la articulación entre áreas y "poner al ciudadano" como eje, con foco en el más vulnerable. En los hechos, la jefatura del Gabinete Civil opera como una sala de control: baja línea, fija prioridades, destraba conflictos entre instituciones y controla tiempos políticos y administrativos. Reinstalarla con un ministro de confianza implica reconocer que el modelo de coordinación directa desde el despacho presidencial —sin un jefe formal— ya no alcanzaba para sostener ritmo, coherencia y respuesta. 

En la reunión del Consejo de Ministros de ayer martes, Peña pidió acelerar la ejecución de políticas públicas, imprimir dinamismo y concentrarse en resultados concretos, remarcando que esta etapa exige coordinación, compromiso y capacidad de respuesta ante las demandas ciudadanas. No fue un discurso celebratorio: fue una arenga de mitad de mandato, típica de gobiernos que sienten que el reloj político corre más rápido que el administrativo. Cuando un Presidente recalca "resultados" y "respuesta", está leyendo un termómetro: la percepción de la gente sobre seguridad, salud, transporte, empleo y servicios se impone por encima de los indicadores macro.
La designación de Javier Giménez como jefe del Gabinete Civil reabre una oficina que el propio Presidente dejó vacante tras la salida de Lea Giménez y marca un giro hacia el control político de la gestión, en un clima de críticas internas, desgaste en áreas sensibles y un mensaje explícito a sus ministros: o aceleran, o quedan afuera.

El cambio que Santiago Peña anunció en el Consejo de Ministros no fue un retoque menor: llevó al hasta ayer titular de Industria y Comercio, Javier Giménez, a la jefatura del Gabinete Civil, un puesto clave para coordinar ministerios, secretarías, entes y empresas públicas, y que estuvo sin conducción formal desde la renuncia de Lea Giménez en agosto de 2024. El propio Ejecutivo sostuvo entonces que Peña había optado por no reemplazarla y asumir personalmente esa coordinación; ahora, en el arranque de la segunda mitad del periodo 2023-2028, el Presidente decidió rearmar ese "centro de mando" con un hombre de su primer anillo.

La movida llega con dos señales políticas fuertes: primero, el mensaje hacia adentro de su equipo de que la gestión entra en fase de presión y control; segundo, el reconocimiento —ya verbalizado en ocasiones anteriores— de que la calle y el propio oficialismo reclaman hechos, no relatos. En una rueda de prensa de fines de 2025, Peña fue directo: dijo que no estaba satisfecho, que estaba en condiciones de hacer cambios y que estaba dispuesto; agregó que nadie debe sentirse "intocable" y que exige "mucho más" en una evaluación constante. Con esa frase como antecedente, el nombramiento de Giménez se lee como parte de una reingeniería de mando para vigilar, apurar y corregir.

El Ejecutivo justificó la decisión con un argumento de coordinación: fortalecer el seguimiento estratégico de políticas públicas, ordenar la articulación entre áreas y "poner al ciudadano" como eje, con foco en el más vulnerable. En los hechos, la jefatura del Gabinete Civil opera como una sala de control: baja línea, fija prioridades, destraba conflictos entre instituciones y controla tiempos políticos y administrativos. Reinstalarla con un ministro de confianza implica reconocer que el modelo de coordinación directa desde el despacho presidencial —sin un jefe formal— ya no alcanzaba para sostener ritmo, coherencia y respuesta.

FUENTE: EL NACIONAL